Tu perro adolescente jalonea de nuevo, así retomas el paseo

Por La Vuelta a la Manzana

La segunda oleada de jaloneo que aparece en la adolescencia no se arregla apretando más la correa: se arregla bajando el listón. El perro no olvidó el paseo con correa floja; lo que cambió es el precio que tiene para él caminar a tu lado, porque a los siete, a los diez o a los catorce meses el mundo huele más fuerte, los otros perros importan más y su cuerpo ya pesa el doble en tu muñeca. El reinicio consiste en volver a pagar con comida y con permiso de olfatear el hecho de que la correa cuelgue en J junto a ti, primero en calles tranquilas y en tramos cortos; en soltar el avance como premio cuando la correa se tensa, parando o girando en lugar de dar un tirón; y en anticipar con una señal de búscalo antes de llegar al punto donde el perro ya no te oye. La correa floja regresa primero en la banqueta vacía y solo después frente a otros perros.

Son las siete y diez de la tarde y todavía sube calor del pavimento. Vamos por la banqueta angosta, junto al puesto de tacos, y tres cuadras adelante hay un perro amarillo echado en el piso, sin correa y sin dueño a la vista. Mi perro tiene nueve meses. En los últimos diez metros se le estira el cuello, las orejas se le van para adelante y la correa deja de colgar: es una línea recta desde mi muñeca hasta su garganta. Yo, sin darme cuenta, ya estoy apretando. Eso es lo que nadie me dijo cuando empecé: yo me tenso antes que él, y él lee mi tensión antes de alcanzar a ver al otro perro.

Por qué vuelve justo ahora

A los cinco meses caminaba bastante bien. No perfecto, pero la correa colgaba. A los nueve parecía que nunca había aprendido nada. Las dos cosas eran ciertas y no se contradecían: lo que cambió no fue su memoria, fue el precio del mundo. Entre los siete y los doce meses la mayoría de los perros que he paseado entran en una etapa donde los otros perros dejan de ser paisaje y se vuelven imanes, donde cada poste tiene una historia y donde el cuerpo propio ya alcanza velocidades que a mí me sorprenden. Hay quien la pasa a los cinco meses y quien la pasa al año y medio, pero casi todos la pasan.

Y hay una parte que es mía, no de él. Cuando el paseo empezó a salir bien, dejé de premiar. Alargué las rutas, cambié la hora a las siete de la tarde —cuando todo el mundo saca a su perro— y dejé de pagar cada vez que la correa colgaba. El jaloneo no volvió porque él olvidó; volvió porque yo dejé de pagar. Eso en realidad es buena noticia, porque lo que yo dejé de hacer, yo lo puedo volver a hacer.

El reinicio empieza en la banqueta más aburrida de tu colonia

Cuatro o cinco días. Diez minutos. La misma cuadra, la más aburrida que tengas, a las seis y media de la mañana, antes de que apriete el calor y antes de que salga el resto de los perros del rumbo. Sin destino, sin parque, sin novedad. Cada vez que la correa cuelga, marco con un "sí" y cae un pedazo de pollo.

Al principio va a ser cada cinco o diez pasos y se va a sentir ridículo. Debe sentirse ridículo. Estoy premiando la posición, no la distancia: no le estoy pagando por caminar, le estoy pagando por caminar ahí, a un metro de mi pierna izquierda, con la correa en curva.

Una advertencia que me costó años: no pongas la comida delante de la nariz para que camine bien. Si el premio va adelante, el perro aprende a caminar bien solo cuando hay una mano con comida, y el día que se te olvida el pollo se acabó el paseo. El premio va después de que él eligió, no antes.

La pausa: cuando la correa se tensa, el mundo se detiene

Correa tensa, pies quietos. Manos quietas, boca cerrada. No repito su nombre, no digo "no", no jalo. Espero. Las primeras veces él va a seguir jalando y la correa va a seguir tensa, y eso está bien: yo aguanto. En el segundo exacto en que se da la vuelta, se regresa un paso o la correa se afloja sola, digo "vamos" y camino. El pago más grande no es la salchicha: es que el mundo vuelva a avanzar.

El tirón hace lo contrario. En un perro que ya viene acelerado por otro perro, el tirón es una cosa más que pasa rápido y muchas veces termina en ladrido o en embestida. Y peor: el perro aprende que cuando aparece un perro, su humano se pone tenso y grita. Los otros perros se vuelven el aviso de que algo malo viene.

Un detalle que a mí me faltaba: la pausa no sirve cuando el perro ya está fijado en el blanco. Ahí no estás quitando un premio, estás construyendo frustración. Para eso están las siguientes dos herramientas.

Girar, pero sin convertirlo en látigo

Cuando veo que se fija y la pausa no va a servir, giro y me voy en la otra dirección, con voz alegre y la correa blanda. El giro obliga al perro a reorientarse y le baja el motor de un golpe, porque deja de ver al otro perro. Lo que no hay que hacer es girar cada tres pasos ni girar con un jalón: si el giro llega de sorpresa y con tensión, el perro aprende que la banqueta es impredecible y empieza a caminar en guardia. Ritmo, no látigo.

"Búscalo" antes del umbral

Tiro un premio al piso, un poco atrás o a un lado, y digo "búscalo". La cabeza baja, la nariz arranca y el motor se apaga. La técnica es fácil; el timing es todo. Tiene que caer antes de que se fije, no cuando ya está con el pelo parado, porque en ese momento la comida es invisible.

Y aquí está el medidor más honesto que conozco: si el perro no come, estás demasiado cerca. No es que sea testarudo ni que no le guste el pollo; es que ya pasó su límite. Entonces retrocedo, hago un arco amplio y lo vuelvo a intentar a la distancia donde todavía me oye.

Caminatas cortas, olfato largo

En verano aquí el paseo largo es un castigo para los dos. Quince o veinte minutos, dos o tres veces al día, antes de las siete y media de la mañana y después de las siete de la tarde. De ida va eléctrico; de regreso, con la novedad ya gastada, la correa se afloja sola. Esa parte es gratis y hay que aprovecharla.

Separar los paseos me cambió el mes. El paseo de trabajo son cinco o diez minutos, en la cuadra de siempre, con la correa suelta y el perro cerca. El paseo de olfato es otro: un parque o un camellón tranquilo, el perro decide dónde se detiene y no le pido nada. Diez minutos con la nariz en el pasto relajan más que veinte minutos de caminar derecho. Y veinte minutos de buen paseo dejan mejor a los dos que cuarenta y cinco de batalla: la batalla no se olvida, se acumula.

Tu colonia tiene su propio mapa, y hay que aprendérselo

No camino igual en todas las cuadras y no debería. Sé en qué cochera vive el perro que sale disparado, en qué azotea hay uno que ladra cuando pasamos, a qué hora pasa el camión de la basura, cuándo es el tianguis y cuánto se llena. Sé dónde huelen mejor los postes. Ese mapa es parte del entrenamiento tanto como el premio.

Con perros de la calle la regla es distancia y arco, nunca línea recta y nunca con la correa tensa. La correa tensa le avisa a mi perro que yo también estoy nervioso y le quita la única salida que tiene: moverse. Cruzo la calle antes, no en el momento. Y no lo dejo saludar a cuanta callejera se cruce. Si a veces saluda y a veces no, ese premio intermitente es exactamente lo que le enseña a jalar en cuanto ve orejas a media cuadra. Cuando elijo un saludo, lo elijo completo: perro tranquilo, gente tranquila, tres segundos y me lo llevo cuando todavía va bien.

Cómo se ve el progreso

No se mide en cuadras, se mide en veces que la correa colgó. Tres en un paseo, luego ocho, luego quince. El día que pasamos a un perro a media cuadra y él solito regresó a mi lado, ahí supe que estaba funcionando. También hay días malos después de una buena semana, y casi siempre hay una razón: el calor, la fiesta de anoche con cohetones, el tianguis, una perra en celo en la cuadra. No es que se le haya olvidado otra vez; es que el precio del día subió.

Cuándo esto no es una regresión

Si el cambio fue de un día para otro —un perro que estaba bien y en una semana se lanza a todo— y además cojea, se lame una pata, come menos o algo cambió en la casa, eso no es un problema de paseo, es una consulta con el veterinario. El paseo no arregla dolor.

Y si llevas cuatro o seis semanas constantes, con paseos cortos, premiados y en zonas tranquilas, y tu perro sigue pasado de umbral en todos los paseos, o ya le tienes miedo al paseo, ese es el punto para que alguien que trabaje con refuerzo positivo los vea caminar. No porque hayas fallado: desde adentro del paseo no se ve lo que desde afuera es evidente. También hay que decirlo: no todos los perros van a caminar con la correa colgando a tres metros de un perro de la calle, y está bien. El objetivo no es la perfección, es que el perro todavía pueda pensar y todavía pueda comer.

Hoy, en esa misma banqueta, con el perro amarillo todavía echado tres cuadras adelante, la correa cuelga. No porque mi perro sea un santo: es que a la mitad del camino bajó la nariz, encontró una tortilla vieja y se le apagó el motor antes de verlo. Eso es todo el truco.

Quién escribe

La Vuelta a la Manzana es la firma de dueños de perros rescatados y criollos que recorren calles, parques y azoteas de México. Su experiencia viene de banquetas calientes, fiestas con cohetes y rutinas de departamento.

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