Tu perro puede aprender a ver a otros perros sin ladrar

Por La Vuelta a la Manzana

Sí. Un perro que se tira a la correa y ladra cada vez que ve a otro perro puede aprender a verlo sin reaccionar, y el método tiene nombre: contracondicionamiento. Consiste en que la vista de otro perro anuncie comida de alto valor, siempre antes de que arranque la reacción, y a una distancia donde el perro todavía pueda comer, oír y pensar. La distancia es la herramienta principal, no la firmeza del dueño. Cuando el perro ya está ladrando, la ventana de aprendizaje se cerró: de ahí en adelante solo hay desahogo.

Lo que yo hacía, que era exactamente lo que hace todo el mundo

Durante meses esperé a que mi perro reaccionara para empezar a hacer algo. Cuando veía al otro perro, yo apretaba la correa, decía "no", "quieto", "déjalo", y jalaba. Llegaba a casa con la palma roja. Él llegaba con la garganta raspada. Y no aprendía nada, porque no había nada que aprender: para él, ver un perro y recibir un tirón en el cuello eran la misma cosa. No le estaba enseñando a estar tranquilo, le estaba enseñando que los perros anuncian dolor.

El cambio empezó una mañana a las seis y cuarto, cuando la colonia todavía está sola y el único ruido es el de las escobas. Iba con correa fija, la mano floja y un puño de pollo cocido deshebrado en la bolsa del pantalón. Dos cuadras adelante apareció un labrador. Mi perro lo vio, se le pusieron las orejas firmes, el cuerpo se le fue para adelante y la boca se le cerró. Todavía no decía nada.

Ese "todavía" era mío.

Dije "sí" en voz baja y le puse el pollo en el hocico. Lo tragó, me volteó a ver, y dimos media vuelta y nos fuimos por otra calle. No pasó nada. Eso era el entrenamiento completo.

Por qué el orden de las cosas lo es todo

El error que más veo no es de herramienta, ni de raza, ni de "es que este perro es así". Es de orden.

La gente saca la comida cuando el perro ya está ladrando. O le tapa la vista con el cuerpo para que no vea. O le avienta el premio al piso para distraerlo. Las tres cosas rompen el método, y las tres se sienten como si estuvieras haciendo algo.

Para que el contracondicionamiento funcione, tu perro tiene que ver al otro perro. Si no lo ve, no hay nada que asociar. La secuencia que buscas es esta: aparece el otro perro, tu perro lo ve, tú marcas con un "sí" seco, y la comida llega de inmediato. Luego te vas. Repetido en sesiones cortas durante semanas, la cabeza del perro hace un atajo: si ve perro, voltea a verme. No porque esté obedeciendo, sino porque cambió el pronóstico. Antes, ver un perro anunciaba tensión. Ahora anuncia pollo.

Si la comida llega después del ladrido, la secuencia que el perro guarda es: perro, ladrido, comida. Acabas de pagarle el ladrido.

El "sí" hay que enseñarlo antes, en la cocina, sin distracciones: dices "sí", das comida, veinte veces, hasta que la palabra sola le haga voltear la cabeza. En la calle ya vas a traer las manos ocupadas.

La distancia es la herramienta

Nadie quiere oír esto porque suena a que hay que caminar mucho, pero es lo que separa a los que avanzan de los que llevan dos años en el mismo punto. La distancia no es un detalle del ejercicio, es el ejercicio.

Cómo encontrar tu distancia sin adivinar

Tu distancia no es un número que alguien te da. Es un examen que le haces a tu perro. La distancia correcta es la más corta en la que tu perro todavía puede hacer todo esto: comer, voltear a verte cuando dices su nombre, respirar con la boca abierta si no hace calor, y mantener la correa floja.

Si estás más cerca de lo que aguanta, vas a ver una o varias de estas cosas: se queda fijo mirando con la mirada dura, se le cierra la boca, se le eriza la cruz, la cola se le pone alta y dura, se congela, lame el aire, bosteza, se le va el peso a las patas de adelante, gruñe. Cualquiera de esas señales significa que la distancia estaba mal y que ya no estás entrenando.

Cuenta la distancia en cosas que puedas repetir: coches estacionados, árboles, cuadras, postes. "Cuatro coches" es más útil que "treinta metros", porque en la calle no traes cinta métrica.

Si en tu primera sesión tienes que empezar a dos cuadras, empieza a dos cuadras. Estar lejos no es hacer trampa. Estar cerca y que el perro explote es no estar entrenando.

El menú: comida de alto valor de verdad

El premio tiene que ganarle al ambiente. Una croqueta de su comida no le gana a otro perro, ni de chiste. Necesitas algo que solo salga en estos entrenamientos: pollo cocido deshebrado, queso panela en cubos, salchicha de pavo en rodajitas, un pedazo de hígado. Cortado del tamaño de un garbanzo, en una bolsa de cierre, en la bolsa del pantalón, para que lo puedas agarrar sin ver. Vas a traer una mano en la correa y la otra en la comida.

Dos cosas prácticas que casi nadie menciona. La primera: si le das lo mismo todos los días, deja de ser especial, así que resérvalo. La segunda: en temporada de calor el pollo no aguanta una hora a treinta y cinco grados. El queso dura más, o congelas los trozos y se van descongelando en la bolsa.

El protocolo, paso a paso

  1. Elige hora y ruta. Temprano, antes de que la calle se llene. Rutas largas y rectas donde puedas ver a los perros de lejos, para verlos tú antes que él.
  2. Sal con la bolsa lista y el "sí" ya enseñado.
  3. Ubícate a tu distancia. Que tu perro esté cómodo ahí.
  4. En el instante en que tu perro ve al otro perro, di "sí" y dale comida.
  5. Aléjate. Media vuelta tranquila, sin jalar, caminando. La retirada también es premio.
  6. Repite tres o cinco veces, no cuarenta. Sesiones de diez o quince minutos.
  7. Termina con algo fácil y vámonos a casa.

Cada semana o cada dos semanas, acércate un coche. Un coche, no una cuadra.

Una cosa que aprendí a la mala: el "vámonos" se enseña en casa, en el patio o en el pasillo, con premios y sin distracciones. Si lo usas por primera vez cuando viene un perro, es solo ruido.

Mira y regresa

Cuando tu perro ya puede comer a una distancia y ya voltea a verte por su cuenta después de ver al otro perro, hay una segunda parte que vale mucho.

Dejas que mire. El otro perro aparece, tu perro lo mira, y tú no dices nada. Esperas. En algún momento va a voltear a verte solo. En ese momento, "sí" y comida. Con el tiempo, el momento en que mira al otro perro se acorta y el momento en que te busca se alarga. Eso no es sumisión ni obediencia: es un perro que puede pensar en presencia de otro perro.

Importante: no lo llames para que voltee. Si tienes que decir su nombre para que te vea, estás haciendo obediencia y no estás cambiando lo que siente. La volteada tiene que salir de él. Después, cuando ya sale sola, le puedes poner palabra y usarla cuando quieras.

Paseo paralelo

Es el siguiente escalón, y necesita otra persona y otro perro. Tiene que ser un perro tranquilo y predecible, no un amigo igual de reactivo. Dos personas, dos correas, misma dirección, unos cuantos coches de distancia, diez minutos caminando. Sin saludos, sin olfatearse, sin paradas. En la siguiente sesión, medio coche más cerca.

La clave es la dirección. De frente es muchísima presión para los perros; en paralelo, cada uno ve al otro de reojo y sigue avanzando. Si el paseo paralelo se convierte en un jalón para alcanzarse, ya está mal la distancia.

Cómo saber si va funcionando

No se mide con "ya no ladra nunca". Se mide en metros y en frecuencia.

En metros: ¿hace un mes eran dos cuadras y hoy son cinco coches? Eso es avance, aunque no se sienta como avance.

En frecuencia: de diez encuentros, ¿cuántos terminaron sin reacción? Si la semana pasada fueron dos y esta fueron cuatro, va funcionando.

Las primeras semanas parece que no pasa nada, y es normal. El cambio no se ve en el ladrido, se ve en la volteada.

Los retrocesos no significan que se le olvidó

Un día perfecto y al siguiente un ladrido a tres cuadras. Casi siempre es una de dos cosas: la distancia fue más corta de lo que aguantaba ese día, o el otro perro apareció de golpe, de una esquina, de un portón, de atrás de un coche. No es que sea "así". Es información sobre el ejercicio, no sobre el perro.

Qué hacer en el momento: media vuelta, gana distancia, espera a que baje, un "sí" con comida y a casa sin drama. No lo regañes después. A los veinte segundos ya no hay manera de que asocie el regaño con lo que hizo.

Lo que no se hace

No lo fuerces a saludar para que se le quite. Meterlo con el otro perro para que "se acostumbre" es inundación, y con un perro que tiene miedo casi siempre empeora las cosas.

No uses tirones, ni collares que aprietan, ni correcciones. Si el perro reacciona por miedo, el castigo le confirma que el otro perro era peligroso. Si reacciona por frustración, le agregas tensión a algo que ya estaba tenso.

No le tapes la vista ni lo distraigas con comida. Ya lo dije, pero es el error que más veo.

No permitas saludos con la correa tensa. Si dos perros se topan con las correas estiradas, los dos sienten presión en el cuello al mismo tiempo, y es facilísimo que uno interprete que el otro lo está atacando. Si vas a permitir un saludo, que sea con correas flojas, en curva y con la salida lista.

Y no salgas con correa retráctil a este tipo de entrenamiento. Ahí no controlas distancia y la correa siempre va tensa.

Los perros sueltos: eso ya no es entrenamiento

Aquí es donde los manuales se caen. En la calle hay perros sueltos que nadie controla, y con esos no hay contracondicionamiento posible: no eliges la distancia, no sabes de dónde van a salir y no son perros de entrenamiento.

Hay que separar dos listas.

Los perros de entrenamiento son los predecibles: el labrador del vecino que pasea a la misma hora con correa, el perro tranquilo de la casa de al lado, el que está detrás de una reja fija. Con esos trabajas, a tu distancia, con tu comida y tus repeticiones.

Los perros de manejo son el resto: los sueltos, el que sale disparado de un portón, la jauría de la esquina. Con esos no entrenas, manejas: cruzas, cambias de banqueta, te metes a una tienda. Y si un perro suelto se acerca, grita y hazte grande. Tu perro va a aprender algo de ese momento, y lo mejor que puede aprender es que tú lo sacaste de ahí.

Hasta dónde se puede llegar

No todos los perros van a terminar jugando en el parque, y eso está bien. Algunos llegan a "puedo pasar a un metro sin que diga nada" y con eso viven tranquilos. Otros, con el tiempo, llegan a convivir sueltos. Depende del perro, de cuánto tiempo llevaba repitiendo la reacción y de si hubo una mala experiencia detrás.

Dos cosas ayudan a saber qué esperar. Un perro que reacciona por miedo quiere que el otro perro se vaya, y ahí la retirada es una parte enorme del premio. Un perro que reacciona por frustración quiere llegar al otro perro, y ahí vas a tener que trabajar más la paciencia y el "no siempre se llega". Se ven parecido desde lejos y se sienten muy distintos de cerca.

Si ha habido mordidas, si lastimó a otro perro o a una persona, o si llevas un par de meses trabajando constante y no se mueve nada, ese es el punto para buscar a alguien que trabaje con refuerzo positivo. No es fracaso, es otro nivel de ayuda.

Y si nunca llega a saludar a otro perro, también está bien. Un perro no necesita amigos para vivir bien; necesita poder salir a la calle sin que se le descomponga el cuerpo. Esa es la meta real.

Quién escribe

La Vuelta a la Manzana es la firma de dueños de perros rescatados y criollos que recorren calles, parques y azoteas de México. Su experiencia viene de banquetas calientes, fiestas con cohetes y rutinas de departamento.

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