Juegos de olfato con cajas para un día de lluvia o cohetes

Por La Vuelta a la Manzana

Cuando la calle no se puede pisar —lluvia fuerte, cohetes a media noche, un calor que quema el asfalto— la salida no está en la tienda de mascotas: está en la cocina. Un trapo, una caja de cartón, una coladera de plástico y una huevera vacía bastan para montar una sesión de olfato de diez a quince minutos, y esos minutos dejan a un perro cansado de una forma que el paseo no siempre logra. No hay que comprar nada y todo se guarda en una sola mano.

Yo empiezo así: cierro la ventana para que los cohetes entren amortiguados, prendo la luz de la cocina —la de arriba, no la del microondas— y me pongo de rodillas en la loseta, que a esa hora ya está fría. El perro lleva rato dando vueltas de la puerta a la ventana. No le hablo todavía. Separo una parte de su ración del día, la dejo en un plato hondo y de ahí voy sacando. No son croquetas extra: es la misma comida de siempre, nada más repartida distinto. Eso importa si el perro está a dieta, si tiene alergias o si come alimento especial; la cantidad del día no cambia, sólo cambia dónde la encuentra. Si hay un problema de peso, de piel o de digestión, eso lo decide el veterinario, no un juego de cocina.

El trapo es la entrada y por eso va primero: cuesta un minuto y casi ningún perro lo falla. Lo extiendo en el piso, tiro croquetas encima sin ningún orden y lo enrollo. La primera vez lo enrollo flojo, una sola vuelta, para que el perro nada más tenga que meter el hocico y empujar. Lo que se oye es el hocico raspando la tela, y de repente el trapo se desenrolla solo y las croquetas quedan regadas. Ahí ya está trabajando.

A partir de ahí cada sesión sube un escalón: enrollado apretado, luego doblado en dos, luego el trapo doblado metido dentro de la caja. Si el perro no encuentra nada en unos segundos, no lo dejo batallar. Un perro que se rinde aprende que buscar no lleva a nada, y eso es exactamente lo contrario de lo que quiero. Hago más fácil, no más difícil.

La palabra que se lleva a cualquier cuarto

Digo "busca" una sola vez, justo antes de que meta la nariz, en el momento en que el hocico está por tocar el trapo y la comida está por aparecer. No la repito tres veces seguidas ni la uso para regañar. Va pegada al instante exacto del hallazgo.

Después de suficientes repeticiones, la palabra sola arranca la búsqueda. Eso es lo que la vuelve útil: "busca" funciona igual en el pasillo del departamento, en un cuarto de hotel, en la casa de alguien, en el balcón, o en la sala de espera del veterinario cuando ya llevas cuarenta minutos ahí sentado. Algunos perros la agarran en una semana; otros tardan más. No hay prisa, porque el juego funciona aunque la palabra todavía no signifique nada.

La caja: subir la dificultad sin comprar nada

Con una pluma o un desarmador le hago cuatro o cinco agujeros a un lado de la caja. Adentro van croquetas, y las aletas se cierran. La primera vez las dejo apenas cerradas, para que el perro abra con la nariz y se lleve la sorpresa. Después las cierro bien y los agujeros son la única pista: el olor sale por ahí, el perro los trabaja uno por uno, y luego empuja la aleta hasta que cede.

La caja se resbala sobre la loseta y hace ruido, y ese ruido es la mitad del juego. En departamento con piso de loseta eso es una ventaja; en alfombra la caja se queda quieta y el juego se siente distinto.

El cartón se supervisa, sin excepción. Hay perros que husmean y empujan, y hay perros que deciden que el cartón es botana. Si el perro empieza a despedazar y a tragarse pedazos, no se regaña: se levanta la caja, se guarda el cartón y se regresa al trapo, que no se deshace en pedazos que se puedan tragar. Y nunca se deja al perro solo con la caja, ni cinco minutos.

Lo que ya estaba en el cajón

La coladera de plástico, la del escurridor de la pasta, hace dos cosas. Si los agujeros son del tamaño de la croqueta, se atoran unas cuantas ahí y el perro las va sacando con la lengua y la nariz. Si no, se pone boca abajo sobre un puñito de croquetas y el perro tiene que empujarla para llegar. Sobre loseta se resbala y suena; a algunos perros eso los prende y a otros los saca de onda, así que las primeras veces la sostengo un poco para que no salga disparada.

La huevera de cartón es la más sencilla de todas: una croqueta por hueco, y el perro va hueco por hueco, sin que nada se mueva ni se caiga. Cuando ya se la sabe, le tapo la huevera con el trapo y ahora tiene que quitar el trapo primero. O meto la huevera completa dentro de la caja, y ahí se junta todo.

Ninguna de estas cosas es un juguete ni un plato especial. Son trastos que ya tenías, y por eso sirven en una noche de cohetes a las once de la noche, cuando no hay nada abierto y no hay tiempo de pedir nada.

Diez minutos que pesan como una hora

Olfatear cansa distinto. El perro trabaja la nariz en ráfagas cortas, sopla, vuelve a aspirar, se detiene, reconsidera. No está corriendo, pero el sistema nervioso sí está trabajando, y ese trabajo se paga. Diez o quince minutos de esto y muchos perros se acuestan solos.

Yo lo noto más en perros que normalmente piden paseo largo. Al final de la sesión están en el piso, con la respiración más lenta, y ya no van de la puerta a la ventana. No todos, y eso hay que decirlo: hay perros a los que el juego los acelera en vez de bajarlos. A esos les cae mejor una sesión a media tarde que una justo antes de dormir, y conviene cerrar con algo tranquilo: la última búsqueda fácil, el plato, la luz baja.

Lo que esto no hace

Ninguna caja reemplaza el paseo. El perro sigue necesitando moverse, oler la calle, marcar y hacer del baño. Los juegos de olfato resuelven el rato en que la calle está imposible, no el día entero.

En la práctica eso se traduce en aprovechar las ventanas. Con lluvia: correa corta entre las dos aguas, a la banqueta y de regreso, y luego la caja adentro. Con calor: a las seis de la mañana o ya que bajó el sol, porque el asfalto caliente se siente en las almohadillas. Con cohetes: salir antes de que empiece el ruido o después de que pare; durante, la sesión de olfato adentro es más útil que forzar la calle.

Y una cosa más, para no prometer de más: si el perro le tiene miedo a los cohetes, el olfato lo ayuda a pasar el rato, pero no le quita el miedo. Eso es otro trabajo.

Al final el perro se acuesta. Yo levanto el cartón, lo doblo, y lo guardo en el mismo cajón de la cocina con el trapo y la huevera. Mañana, si vuelve a tronar o vuelve a llover, ya está todo ahí.

Quién escribe

La Vuelta a la Manzana es la firma de dueños de perros rescatados y criollos que recorren calles, parques y azoteas de México. Su experiencia viene de banquetas calientes, fiestas con cohetes y rutinas de departamento.

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