Cajas y botellas para retar la mente de tu perro en casa

Por La Vuelta a la Manzana

Las cajas de cartón, las botellas de PET limpias y un molde de panquecitos con pelotas de tenis alcanzan para retar la mente de un perro en casa, siempre que se armen con tres reglas fijas: la comida se ve al principio, la dificultad sube poco a poco, y el perro nunca se queda solo con algo que se pueda romper, tragar o cortar. No hace falta comprar nada. Lo que hace falta es saber cuándo retirar el objeto, y eso se aprende mirando al perro, no al juguete.

Yo lo aprendí con un molde de panquecitos viejo, de esos que ya tienen el borde doblado y no vuelven al horno. Lo puse en el piso de la cocina, metí cuatro croquetas en cuatro huecos y tapé cada una con una pelota de tenis. Mi perro llegó, olfateó el metal, empujó una pelota con la nariz y la pelota rodó hasta la pared. Se quedó viendo cómo rodaba, con las orejas hacia adelante, y no encontró nada. Volvió al molde, olfateó otra vez, y ahí estaba: el olor salía de abajo de las pelotas. Ese fue el primer problema que resolvió, antes que el de sacar la pelota.

Pon el molde en el piso y siéntate a un lado, tú también en el piso, con la espalda contra la puerta de la alacena. Deja que huela. No le muevas la pelota con la mano, no le señales el hueco, no le digas dónde está. La primera vez que empuja con la pata y la pelota sale sola, tu perro va a levantar la cabeza y a mirarte. Ahí suelta una señal suave de que va bien y déjalo seguir. Si le aplaudes, cortas el juego.

Con ese molde trabajé casi dos semanas antes de que entendiera que la pelota también se jala con la pata y no solo con la nariz. La primera sesión duró dos minutos. La segunda, tres. No pasa nada si hoy no lo resuelve: el molde se guarda y mañana vuelve.

Antes de armar cualquier cosa: lo que sale del material

Esto lo hago con las manos, antes de que el objeto toque el piso.

De la botella: tapa fuera, anillo de la tapa fuera, etiqueta fuera, y el borde del corte repasado con las tijeras para que no raspe. Una tapa de PET es justo del tamaño que se atora. Y si tu perro ya tiene la costumbre de masticar plástico y arrancarle pedazos, esta no es su botella; hay perros que la trabajan bien y perros que se la comen, y eso se sabe desde el primer minuto.

De la caja: nada de grapas, nada de cinta adhesiva, nada de etiquetas de plástico pegadas al cartón. La cinta se desprende en tiras y se va con todo y premio. Si la caja traía acabado brillante, la separo; ese recubrimiento se despega en láminas delgadas.

Y de la lista negra: huesos cocidos, latas abiertas con borde cortante, tapas, canicas, cualquier cosa que quepa entera en el hocico. Ahí no hay excepción.

El molde de panquecitos: el primer problema

Empieza sin tapar nada. Croquetas en los huecos y el molde en el piso, punto. El perro come y se va. Hazlo dos o tres días seguidos para que el molde signifique comida.

Después viene la versión fácil de verdad: mete las pelotas en los huecos y levanta un lado del molde con un libro o con un trapo doblado, de modo que quede inclinado y las pelotas rueden solas al primer toque. Cuando eso ya no le cueste nada, quita el libro y déjalo plano. Y cuando el plano ya sea aburrido, aprieta las pelotas con la palma para que entren más justas. Ahí el perro tiene que usar la pata, no solo la nariz.

La caja de cartón: el que se rompe

La caja cerrada con comida adentro es el rompecabezas más barato que existe y el que más rápido se acaba. Una caja de cereal con dos croquetas dentro, abierta, comida a la vista. Al día siguiente, la solapa doblada una vez. Después, la solapa doblada dos veces. Después, otra caja dentro de la caja. Después, papel arrugado alrededor.

Lo que veo cuando mi perro abre la caja: el hocico se le moja, el cartón se ablanda, y a los diez minutos eso ya no es una caja, son pedazos. Yo estoy sentado en el piso a un metro de distancia todo el tiempo. No es un detalle de estilo: alguien tiene que estar ahí para quitarle un pedazo grande antes de que lo trague, y ese alguien soy yo. Cuando termina, junto cada trozo, incluso los que quedaron debajo del refrigerador.

Una caja aguanta una sesión, dos si es gruesa. Cuando ya está húmeda y suave, se tira.

La botella de PET: el dispensador

Botella de 600 mililitros para un perro chico, de dos litros para uno grande. Dos o tres orificios cerca de la base, del ancho de la croqueta, ni más ni menos: si el agujero es grande, todo el premio cae de golpe en el primer empujón y el juego se acabó en quince segundos; si es chico, tu perro deja de intentarlo a los dos minutos y se va.

Con la tapa fuera. La botella rueda, el perro la empuja con la nariz o la patea, y la croqueta sale por el orificio o por la boca de la botella. Las primeras veces yo la ruedo una vez, despacio, para que vea de dónde sale la comida. Solo una vez.

Las botellas se aplastan rápido y el plástico doblado corta. En cuanto veo una grieta blanca en el doblez, la cambio.

Cómo subir la dificultad sin que se rinda

Cambia una sola cosa a la vez. Si hoy quitaste el libro y además apretaste las pelotas, el perro no sabe qué cambió y se frustra.

Y aunque tu perro ya sea experto en el molde, la primera vez que le das la botella empieza como si nunca hubiera resuelto nada: comida a la vista, el objeto casi abierto, la victoria a un empujón. Cada rompecabezas nuevo es un problema nuevo, no una continuación del anterior.

Cómo se ve el momento de parar

Se ve antes de que el perro se rinda. Deja de olfatear. Se sienta y te ve. Se lame la nariz, bosteza, se rasca. Empuja el objeto contra la pared dos veces iguales, sin cambiar de estrategia. Se va a la puerta. Eso no es terquedad, es el final de la sesión.

Cuando lo veo, no le quito el objeto de las patas. Meto dos croquetas en un hueco visible, dejo que las tome, y levanto el molde. La sesión termina con una victoria, aunque haya durado minuto y medio.

Rotar, revisar, retirar

Tres rompecabezas es el máximo que tengo en circulación. Uno por día, y los otros dos en el closet, fuera de la vista. Si el molde se queda en el piso toda la semana, deja de ser un problema y se vuelve parte del piso.

Antes de dárselo, lo reviso con las manos: la botella, apretándola para ver si truena; el cartón, buscando el punto húmedo donde ya se rompe solo; el molde, contando que las pelotas sigan enteras. Lo que ya está roto se tira, no se remienda con cinta.

La parte que casi nadie menciona

Enseñarle a un perro que romper cartón es un trabajo tiene un costo, y es que el cartón de la casa entera cambia de significado. Los perros generalizan por material, no por objeto: si la caja del cereal se puede destrozar el martes a las siete de la tarde, el perro no tiene cómo saber que la caja del cereal del miércoles no. En mi casa eso significa que el rompecabezas de cartón sale de la mano y regresa a la mano, y que todo lo demás de cartón vive arriba del refri. Si tu perro ya destrozó un sillón o los libros del estante, yo empezaría por el molde y las botellas y dejaría el cartón para después.

También vale decir esto: el rompecabezas no es un mueble ni un sustituto de la caminata. Es un momento con principio y final, que empieza cuando lo pones y acaba cuando lo levantas. Ahí está el reto.

Eso es lo que termino viendo siempre: el perro resuelve rápido, en dos o tres minutos, y el trabajo de verdad es del dueño, que tiene que armar, supervisar, guardar y tirar. El molde viejo con el borde doblado sigue en el mismo lugar del closet, esperando el día que le toque.

Quién escribe

La Vuelta a la Manzana es la firma de dueños de perros rescatados y criollos que recorren calles, parques y azoteas de México. Su experiencia viene de banquetas calientes, fiestas con cohetes y rutinas de departamento.

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