Quince minutos de trabajo de nariz cansan más que una hora de caminata, y todo lo que se necesita cabe en una toalla vieja y un puño de croquetas del alimento de siempre. No hay que salir a la calle, no hay que esperar a que baje el sol y no hay que comprar nada: la urgencia de buscar con la nariz se resuelve en el mismo piso de la casa. La clave no está en esconder más difícil, sino en esconder tan fácil que el perro no alcance a rendirse antes de encontrar.

Por eso dejé de pelear con la tercera vuelta a la manzana. A las ocho de la noche, en mayo, el piso de la calle todavía suelta calor por las coladeras y el perro va con la lengua de fuera antes de llegar a la esquina. Regresamos, y a los veinte minutos ya está otra vez de pie, mirándome, mordisqueando la orilla del cojín. No está inquieto porque no caminó lo suficiente: está inquieto porque no usó la nariz para nada. Eso me costó meses entenderlo.
El paseo repite olores; la nariz pide olores nuevos
Una vuelta por la misma ruta es información vieja. El perro ya leyó ese poste, ya sabe qué perro pasó, ya marcó ahí. Camina, sí, pero su nariz trabaja poco. La nariz se cansa cuando tiene que resolver: seguir un rastro que se corta, distinguir una croqueta metida entre la fibra de una toalla, decidir por dónde abrir un rollo de tela. Ese cansancio se ve distinto al del ejercicio. Es un cansancio de procesar, no de trotar.
Lo que sigue es lo que hago yo, en un departamento, con toallas y comida. Sin aparatos, sin marcas, sin armar nada raro en la cocina.
Cómo armar la primera sesión
Lo primero es apartar la ración, no agregar premios encima. Separo una parte del alimento del día y uso esa para el juego; el resto se lo doy en su plato como siempre. Si tu perro lleva una dieta especial por alguna condición, eso lo decides con quien le da seguimiento, no conmigo.
Después, un solo cuarto. Puerta cerrada, sin otras mascotas, sin niños corriendo. La primera vez no escondo nada: extiendo una toalla en el piso y aviento las croquetas encima, a la vista, mientras el perro me ve. La idea es que entienda el juego sin esfuerzo.
Tres cosas que ajusto desde el primer día:
- Tiro las croquetas donde las vea caer. El primer hallazgo tiene que ser casi automático.
- Termino a los cinco minutos, aunque él quiera más. Mejor que se quede con ganas.
- No hablo. Nada de repetir "¡búscalo!" cada rato. El silencio es parte del juego; el perro se guía por el olor, no por mi voz.
Ese es el nivel cero. La mayoría de los perros lo resuelve en dos sesiones, y ahí es cuando empiezo a subir.
Los cuatro juegos que uso
Croquetas sobre la toalla extendida
Extiendo la toalla, aviento un puño de croquetas y la sacudo tantito para que se metan entre la fibra. Nada más. Un perro con buena nariz encuentra hasta la última; un cachorro empuja la tela con la nariz hasta que aparece todo. Cuando eso ya es fácil, arrugo la toalla en bola y escondo las croquetas entre los pliegues.
El rollo de toalla
Aquí ya hay que resolver. Extiendo la toalla, pongo tres o cuatro croquetas a lo largo y la enrollo, primero floja, luego apretada. El perro tiene que empujar, abrir con la nariz, a veces meter la pata. Al principio dejo las orillas abiertas y una croqueta asomándose. Si veo que se atora, desenrollo medio rollo delante de él y le facilito la salida. No lo hago por él: le bajo la dificultad.
El molde con pelotas de tenis
Es el clásico de toda la vida: un molde de panqué, una croqueta en cada hueco y una pelota de tenis encima. El perro huele debajo de la pelota y tiene que sacarla con la nariz o con la pata. Uso pelotas viejas, de esas que ya no botan y que nadie va a extrañar. Si el perro muerde la pelota y la empieza a despedazar, este juego todavía no es para él.
La caja de cartón
Una caja de zapatos, papel arrugado adentro y croquetas escondidas entre el papel. Es el juego con el que más he ensuciado mi casa y también el que más veces me ha salvado una tarde de lluvia. Reviso que no queden grapas, cinta o pedazos de cartón suelto antes de dársela.
Si tienes una alfombra de olfato, sirve para lo mismo, pero no la necesitas: una toalla de algodón hace el trabajo y se lava. Yo prefiero la toalla porque la cuelgo en el baño y porque ningún perro se la va a tragar.
Subir de nivel sin que se caiga el juego
Cuando un cuarto ya es aburrido, cambio una sola cosa: escondo las croquetas debajo de un plato volteado, o pongo una silla en medio y tiro comida a los dos lados. Después abro la puerta y trabajo en dos cuartos, y mucho más adelante en tres. No salto de un cuarto a cinco escondites en la misma tarde. Un paso a la vez, y a veces el paso es hacia atrás.
Si el perro se rinde, el problema es el escondite
La primera vez que escondí croquetas debajo de un cojín grueso, mi perro me miró desde la puerta y se sentó. No era terquedad. El escondite estaba fuera de su alcance y me lo estaba diciendo. Levanté el cojín, dejé la croqueta a la vista y volvió a bajar la nariz. Cuando un perro abandona el juego, la corrección es siempre la misma: hacer el siguiente escondite más fácil. No insistir, no empujarlo hacia el lugar, no repetir el ejercicio hasta que salga. Un perro frustrado deja de buscar, y si deja de buscar, el juego se acabó para los dos.
Lo que hay que quitar del camino
Nunca dejo al perro solo con el montaje. Me quedo en el cuarto, sentado, viendo. Retiro en el momento cualquier cosa que se rompa: un pedazo de toalla deshilachada, un trozo de cartón arrancado, una pelota de tenis mordida que ya suelta hule. Una croqueta se atora en la garganta igual que cualquier otra cosa, y el que come rápido y traga sin masticar es justo el perro con el que hay que tener más cuidado. Lo mismo con los perros que cuidan su comida: con esos trabajo solo, sin acercarme al montaje mientras come y sin quitarle la toalla de las patas.
Los diez minutos que sí sostengo a diario
La hora es casi siempre la misma: antes de la comida de la noche, mientras se calienta lo que estoy cocinando. Aparto la ración del plato, la uso en el juego y al final le pongo lo que quedó. Son diez minutos, a veces quince si el rollo quedó apretado. El perro termina acostado, con la nariz húmeda y la respiración lenta, y yo termino la cena sin un perro quejándose en la puerta.
Y ahí está lo que este juego me dio que ningún paseo extra me daba: es un trabajo silencioso. No hay saltos, no hay ladridos, no hay pelota rebotando en la pared del vecino. En un departamento con paredes delgadas eso vale mucho. Sirve igual el día que hay fiesta en la calle y no quiero cruzar el parque, o cuando llueve y el piso de afuera está encharcado.
No reemplaza el paseo. El perro necesita salir, oler el mundo entero y caminar. Lo que reemplaza es el tercer paseo que no voy a dar, ese que a las nueve de la noche ya no tiene sentido porque la calle sigue caliente y los dos vamos a volver sudados y de mal humor. En lugar de eso, extiendo la toalla.
Empieza con una. Si a los cinco minutos tu perro está acostado junto al rollo a medio abrir, ya ganaste.